viernes, 21 de marzo de 2008

STOP RACISMO

Últimamente, y desde determinados grupos políticos (los de siempre), están lanzando una serie de mensajes responsabilizando a los inmigrantes de todos los males que azotan nuestro país.

Hay dos perfiles, bien diferenciados, entre las personas que mantienen un claro discurso xenófobo en España. El primer perfil, se corresponde con personas por lo general inteligentes que utilizan el rechazo a la inmigración como estrategia política para alcanzar sus objetivos (manipuladores). El segundo perfil hace referencia a personas muy poco inteligentes, y que de verdad creen que la inmigración puede llegar a perjudicar gravemente sus intereses personales y los de los suyos (manipulados).

Pero la inmigración no es ni debe ser jamás un problema de ideologías políticas.

El racista es una persona que surge como consecuencia de la educación equivocada que ha recibido sobre la superioridad de la raza blanca sobre todas las demás, lo cual, alimenta y exacerba su xenofobia, es decir, su miedo al otro. Los xenófobos son personas con un carácter particular (débil, enfermizo, resentido...) a quienes resulta necesario tener grupos “inferiores” a los que despreciar o responsabilizar de los males que ocurren, con los que desahogarse.

El azar del lugar de nacimiento influye poderosamente en el destino de las personas. Los que nacemos en países ricos y democráticos tendremos oportunidades diferentes a los que nacen en países pobres o gobernados por dictaduras. Por eso el derecho a la emigración debe aceptarse por razones de equidad y no por razones de solidaridad.

Debemos tener en cuenta que el coste económico de emigrar es altísimo... deben pagarse el viaje para salir de su país de forma legal o ilegal. En este último caso estamos hablando de mafias con las que pueden llegar a hipotecarse durante años y deben pagarse su establecimiento en España.

Pero mucho mas alto es el coste emocional, la mayoría de personas dejan atrás a padres, hermanos, hijos, amigos, dejan atrás su vida ... "vuelven a nacer" ... En realidad, y en relación con todo ello, se comprende que no sean los más pobres los que emigren, sino los más audaces y los que tienen información o recursos para hacerlo.

El emigrante generalmente desea volver, se va con la idea de retornar: de regresar enriquecido, con capitales para hacer algo que no puede realizar con lo que obtiene en su país (comprar una tierra, abrir una tienda, empezar un negocio...), de retornar con nuevas experiencias y con nuevo prestigio. Pero a veces no puede hacerlo o decide no hacerlo. No puede hacerlo: porque la situación ha empeorado en su país. O decide no hacerlo: porque descubre que tiene mayores oportunidades en el lugar a donde ha ido.

A nivel social, debemos considerar que la baja natalidad y el aumento de jubilados que tenemos en España disminuyen la mano de obra y las expectativas futuras de disponer de ella. Al mismo tiempo, la generalización del Estado del Bienestar ha determinado que las clases populares urbanas puedan tener seguridad social, seguro de desempleo y ayudas familiares, y que rechacen determinados empleos pesados, desagradables o mal pagados, tales como el trabajo agrícola o los servicios personales (servicio doméstico, cuidado de ancianos, etc.).


Son muchos los estudios que insisten en la necesidad de aumentar el número de inmigrantes en Europa y en España, debido a los motivos anteriormente citados, esto es, la necesidad de mano de obra para trabajos que no desean los autóctonos y a la disminución de la fertilidad. Aunque también a veces se cita la demanda de personal cualificado. En España algunos calculan que se necesitan 12 millones hasta el año 2020 y unos 250.000 inmigrantes anuales, que ciertos especialistas elevan hasta 300.000/año.

A nivel económico, debemos tener en cuenta que para los empresarios una mano de obra escasa es perjudicial ya que presiona para la elevación de los salarios; y al contrario, si es abundante permite mantener salarios bajos. Los empresarios de países ricos prefieren a los inmigrantes para muchas tareas: pagan salarios más bajos, y disponen de una mano de obra obediente; si son ilegales están en una situación de inseguridad máxima, dispuestos a cobrar sueldos de miseria, y a tener relaciones no contractuales, condiciones de vida y horarios inaceptables; es decir, con niveles de explotación feroces. Además, no están organizados sindicalmente y se les puede expulsar cuando resulte conveniente.

Así pues, si el racismo esta asentado, únicamente, en razones económicas (parece que esas son las únicas que preocupan), hemos de clarificar los argumentos que utilizamos: ¿los de los empresarios que quieren mano de obra barata e ilegal para explotarla?, ¿los de los propietarios de los pisos que se benefician del alquiler a los inmigrantes a precios abusivos?, ¿los de las clases medias que desean servicio doméstico a bajo coste?

Cuando se trata de inmigrantes legales, pagan impuestos, aumentan las cotizaciones a la seguridad social; muchos llegan ya en edad de trabajar, por lo que no hay que formarlos y alimentarlos durante la niñez y la juventud; también rejuvenecen la población, aumentan la fertilidad y la diversidad genética, y facilitan la exogamia frente a los peligros de la endogamia; aumenta la diversidad cultural, son emprendedores; contribuyen a la innovación. Y puede calcularse el beneficio económico que su llegada supone para la comunidad.

También favorecen a las áreas de partida, por las remesas de dinero, el conocimiento de nuevos horizontes y la adquisición de nuevas destrezas.

España es un país que tiene experiencia en ese sentido ya que en parte se desarrolló durante los años 60 debido precisamente a la emigración a Europa y a las remesas de emigrantes, así como la disminución de la presión laboral. Por eso estamos preparados para entenderlo. Pero parece que, algunos, ahora mismo, ni quieren recordarlo ni quieren entenderlo.

Algo muy importante es que, sin duda, inmigrantes y nativos no compiten, en general, por el mismo mercado de trabajo. Los inmigrantes hacen aquello que los nativos no desean hacer, por lo menos al principio. Esos discursos sobre que los inmigrantes quitan trabajo a los nativos son inventados o generados por el miedo.

Puede muy bien ocurrir que se acepte la inmigración porque hace falta mano de obra, pero no se quiera conceder la ciudadanía, que supone plenitud de derechos: de voto, igualdad absoluta en todo, seguridad social, educación en igualdad de condiciones y a todos los niveles. Que hipocresía ¡No creéis!

Y llegamos al punto más importante: LA INTEGRACION. No hay que olvidar algo fundamental: que un ser humano sea delincuente o no, no es algo que venga determinado por su raza o procedencia. Pero, dicho esto, hay que ser conscientes de que la no integración de un determinado inmigrante, puede convertirle, en ocasiones, en un delincuente potencial.

¿Qué podemos hacer para mejorar la integración de los inmigrantes que vienen a España? Necesitamos conocer los factores que dificultan esa integración: el inmigrante con trabajo y sin trabajo, con situación de contrato y seguridad social y en situación de ilegalidad, la velocidad de dispersión en el medio social de acogida y la desaparición de los ghetos. Pero la integración depende, en una parte muy importante de la voluntad de integrarse, o de mantener la diferencia.
Y debemos saber qué hacer si un grupo social desea mantener su alteridad y sus costumbres en aspectos esenciales que afectan a la convivencia. Pero ¿debemos abrir las fronteras a los que rechazan nuestro sistema de vida?. Eso significa ponerse de acuerdo en que en España tenemos un sistema de vida compartido y sobre cuales son sus rasgos fundamentales, a los que en ningún caso podemos renunciar.

La política de integración implica no cuestionar las reglas de la sociedad de acogida, ya que eso es lo que genera las actitudes de rechazo al extranjero. Pero ¿se deben adoptar políticas para reforzar las solidaridades legales y la pertenencia a la comunidad de acogida?. Es indudable que debemos apoyar las políticas de reunión familiar del tipo de las aplicadas en los países europeos, que facilitan el bienestar de los inmigrantes y las posibilidades de integración. También hemos de contribuir a difundir actitudes antirracistas. Y no lo contrario como hacen algunos.

A pesar de todas las posiciones bienintencionadas del derecho a la diferencia, hay costumbres que no podemos aceptar y con las que hemos de ser intransigentes e incluso beligerantes. Por ejemplo, las que se refieren al papel de la mujer en el sistema familiar o la igualdad de hijos e hijas en la educación.

Solo la escuela pública interclasista e interétnica puede favorecer la integración de los inmigrantes. El adoctrinamiento religioso católico en las escuelas públicas -donde no solo se explica religión sino que los obispos pretenden que sea una asignatura evaluable y se refleje en el expediente académico, justifica, lógicamente, pretensiones similares de otras religiones y la creación de centros confesionales islámicos o judíos. Las distintas religiones se apoyan y retroalimentan mutuamente: las autoridades eclesiásticas católicas parecen ver con buenos ojos que se imparta religión islámica para los alumnos magrebíes de las escuelas porque, sin duda, eso justifica también la enseñanza de la religión católica, que ya se practica.

La única forma de desactivar un conflicto religioso potencial en el futuro es asegurar una sociedad laica, donde la religión quede reservada a las conciencias y a la práctica personal, con limitación de su expresión pública. Hemos de hacer un esfuerzo por separar la religión de la vida civil. Solo una sociedad civil laica, con escuela laica e igualitaria garantiza la convivencia. Los peligros de las ideologías del multiculturalismo son grandes.
Una sociedad que respete las diferencias hasta el punto de permitir la existencia de reservas, de ghetos o de enclaves de fuerte identidad cultural diferenciada, que no facilite el mestizaje y la mezcla biológica y cultural con la población receptora está expuesta al peligro de enquistamiento, a la intolerancia y a la animadversión hacia los extraños.


JOSE PEDRO MONFERRER