miércoles, 18 de junio de 2008

ANDREU BUENAFUENTE


Andreu Buenafuente ha traído la paz a la noche. Y dignidad al 'late night'. El presentador catalán ha demostrado lo que parecía imposible: que se pueden hacer programas nocturnos interesantes y divertidos sin recurrir a la escoria de la sociedad.
Gracias y felicidades.
Cuando Buenafuente comenzó a trasnochar, hace mucho mucho tiempo, muchos le auguraron un futuro breve: el todopoderoso Sardá le pasaría por encima y le haría añicos. Nadie en su sano juicio se atrevería a competir con la colección de esperpentos más completa de nuestra televisión, una cuadra de 'freaks' que atraía a las audiencias como sirenas a los marineros. En 'Crónicas Marcianas' la televisión nocturna alcanzó grados de sordidez y miseria que sólo habíamos conocido en los programas de Pepe Navarro.

Y en eso llegó Buenafuente. Y sustituyó a esas hordas de seres nauseabundos por un grupo de buenos actores. Y sugirió a sus guionistas y colaboradores no insultar, no mentir, no ser morbosos, no enseñar el culo o las tetas, no utilizar a la gente, no reírse de los más débiles. Les dijo que fuesen todo lo ingeniosos, ácidos, irreverentes y divertidos que pudieran. Eliminó del plató las pantallas de televisión con imágenes con sexo explícito y colocó un par de sillones. Diseñó una cabecera bellísima, le dedicó cientos de horas de trabajo al programa y se convirtió en el rey del 'late night'.

Sardá y sus audiencias arrolladoras son hoy historia. Y Buenafuente nos deleita noche tras noche entre el beneplácito de la crítica y las sonrisas del público. ¿Las audiencias? Cuando un programa es bueno, hablar de audiencias resulta tan vulgar y grosero como hablar de dinero. Pero la verdad es que no están mal: entre el 22 y el 28%.

Buenafuente tiene una gran ventaja sobre sus rivales nocturnos: es completamente independiente. O al menos lo parece. No se debe a las audiencias, como algunos, ni al Gobierno, como otros. Eso le permite ser crítico con el poder y con la oposición, con la Iglesia y con la banca y reírse hasta de su propia cadena. Una independencia que resulta fundamental para todo comunicador y humorista que pretenda ser creíble.
Que siga reinando muchos cientos de programas más.
Gracias y felicidades.

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