jueves, 11 de septiembre de 2008

Gracias, señor Labordeta



Ese ven es Labordeta, el hombre cercano a pesar de todo, el cascarrabias que suelta verdades que nadie más se atreve a decir, tanto en el Congreso, como en el bar de la esquina.


Labordeta ha sido el único representante de Chunta Aragonesista, un partido de izquierdas con tintes nacionalistas. Él se autodenomina libertino, porque siempre ha luchado porque este país tuviera libertad, y dice sentirse aragonés y español. He de reconocer que siempre me ha gustado lo que dice o lo que escribe y, a menudo, me hace reír como ningún otro político ha sabido hacerlo nunca.


Tengo muchos y muy distintos recuerdos de este gran hombre convertido en político. Sus míticas actuaciones en el Congreso serán recordadas por mucho tiempo; nadie se atrevió a mandar a la mierda a los parlamentarios peperos o a llamarles gilipollas como él. Nadie. Y eso que lo merecieron en repetidas ocasiones, sobre todo en los últimos cuatro años. Sus documentales acerca de una vida en España que no conocíamos, con su “Un país en la mochila”, tan parodiado. Por cierto que no hace mucho descubrí con agrado que volvían a repetirlo en la 2. Sus libros y sus poemas. O su faceta de cantautor, cuyo “Canto a la libertad” se ha convertido en un himno para Aragón.


Da la impresión de que el abuelo (como lo llamaban en el Congreso) podría ser nuestro vecino, el hombre con el que nos cruzamos en el quiosco o el que nos encontramos en el bar desayunando. Su lenguaje claro y sincero ayuda a ello. En una época en la que los discursos políticos tienen cada vez más de técnicas en comunicación y marketing y menos contenido más de uno va a echar de menos a este Labordeta, que define como nadie lo que supuso para la democracia el cambio de gobierno de 2004: “Antes teníamos un Gobierno que decidía las cosas en 48 horas, en cuatro patadas, cosas tan serias como la ley de educación, la ley antiterrorista… El Congreso no existía. El otro día veíamos a unos diputados de Esquerra Republicana correr como descosidos para llegar a tiempo de retirar una enmienda a los Presupuestos. Algunos hablaban de mal efecto. Yo disfruté con la escena. Por fin veía funcionar el Parlamento. Porque mientras Aznar tuvo mayoría, no existía nada más que él. Sus propios diputados lo idolatraban ¡como si fuera un caudillo! Fue terrible ser parlamentario. Sólo tenía una ventaja: como no había nada que hacer, podías ir al cine y al teatro todos los días. Podían haberte enviado el sueldo a casa. Ahora salgo a las tantas, llego a casa agotado y estoy encantado. Me siento útil. Por ejemplo, estoy orgulloso de haber alcanzado un avance en los presupuestos para Aragón. Tienes un voto, pero es un voto. El tuyo. Y sirve.”


No encuentro mejores palabras para dedicarle a Labordeta que estas: "Siempre he tenido una debilidad especial por Labordeta, es conocida; ha sido un testimonio antes de entrar en la Cámara, un testimonio de ejemplo con este Gobierno, con su tierra; ha sido un referente para mucha gente que sabe lo que ha sido luchar para conquistar la democracia. Gracias, señor Labordeta"
(Jose Luis Rodríguez Zapatero).


Os dejo la columna que escribió hace unas semanas en el diario Público, donde colabora habitualmente:
Durante cuatro años he asistido, como diputado, todas las tardes de los miércoles –días del control del Gobierno- a un cúmulo de mentiras lanzadas desde las bancadas del PP que trataban, siempre, de crear un ambiente de crispación hasta tal punto de que, como me conozco, muchas veces me cobijaba en la parte trasera del hemiciclo y lanzaba mi rabia por lo bajini, para que nadie me pudiese escuchar.
Había que oír a Rajoy despreciando a Zapatero –“Al fin y al cabo, él es registrados y el otro, un pobre licenciado en Derecho”-, había que oír el cinismo del lengua estropajosa de Acebes acusando a todo los del PSOE de mentirosos; él que durante cuatro días fue el mayor mentiroso del reino a costa de 190 muertos. Había que escuchar a Zaplana con la chulería demagógica de un nuevo rico o ver cómo el señor Arístegui insultaba al ministro de Exteriores con el cinismo con el que él nos aseguró que en Irak había armas de destrucción masiva. He sido testigo durante cuatro años –los anteriores, sólo había desprecio por parte del PP- de tardes de amargo sabor a violencia que utilizaban todos los diputados y todas las diputadas. Uno de ellos me aseguró que la orden era insultar a los ministros, aunque el tema tratase de la vacuna de los cerdos de engorde.
Por todo ello, ver y oír a Rajoy de corderito manso me cabrea y quiero avisar de lo que nos viene encima si esta cuadrilla de ciudadanos vuelven al Gobierno. ¡Agárrense los cinturones!



JOSE PEDRO

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