martes, 28 de octubre de 2008

FRANQUISMO

[Franco y Hitler en una de sus reuniones]


Algunos medios de comunicación extranjeros comentan lo difícil que es entender el temor reverencial al franquismo que la derecha ha impuesto a este país.

De todos los argumentos contra la acción de Garzón respecto a los crímenes franquistas, el más ridículo de todos ellos es el que le acusa de abrir heridas felizmente cerradas. Es una falsificación interesada de la realidad, que hay que relacionar con el intento sistemático de la derecha de hacer una lectura partidista de la Transición con un solo objetivo: blanquear el franquismo.

Las heridas del franquismo nunca han sido cerradas. Simplemente han sido tapadas. Este tipo de heridas sólo se cierran si un país las afronta abierta y lealmente, con voluntad de comprensión y con generosidad. Aquí no ha habido luto, lo que hubo fue una amnistía reforzada con un compromiso tácito de amnesia colectiva, arrancado bajo el chantaje del ruido de sables –amenaza de golpismo, de involución política, de retroceso democrático, etc–. Las relaciones de fuerza impusieron una amnistía que era humillante para los demócratas: los delitos cometidos por el franquismo fueron amnistiados al precio de aceptar la impunidad para los crímenes del régimen de Franco. A eso, por generosidad de la izquierda, se le llama reconciliación, bastante poco equitativa por cierto.

Otro de los argumentos detrás de los cuales le gusta parapetarse la derecha española es el de la simetría. Hubo crímenes por ambos bandos. Es cierto. Sólo que no vale olvidar todo lo demás. Que los rebeldes se levantaron contra un régimen democrático legalmente y legítimamente constituido. Que las atrocidades del lado republicano se terminaron con la guerra y fueron cruelmente reprimidas y sancionadas por el nuevo régimen o pagadas con el exilio de los que pudieron escapar. Y que las atrocidades del franquismo siguieron practicándose durante la “legalidad” franquista, con y sin simulacros judiciales. El problema de fondo es la relación entre la derecha española y el franquismo. O más concretamente: la incapacidad de la derecha española de aceptar que tiene raíces en el franquismo y que éste forma parte de su tradición.

En España, sin embargo, todavía no se puede hablar ni investigar la historia de Franco. El pueblo alemán, por ejemplo, se enfrentó con crudeza y con realismo a los crímenes del nazismo. Para los alemanes, el contemplar las atrocidades cometidas en sus tierras fue un exorcismo que resultó liberador en términos de terapia colectiva. Por ello, reconocen lo salvaje y cruel que fue el nazismo, aunque sus padres militaran en él. El argumento de que en dos bandos se cometieron atrocidades no ha impedido que la historia de los crímenes nazis saliera a la luz. Por eso me entristece ver que en España los intentos de hacer justicia histórica son torpedeados por los sectores conservadores como la Iglesia o el principal partido de la oposición.

Recordemos que Franco fue un estrecho colaborador y aliado del Führer y, a pesar de ello, todavía no se puede hablar ni investigar su historia, ni sus crímenes y sus consecuencias, sin que un sector, concretamente el principal partido de la oposición, ponga el grito en el cielo.
A pesar de que ahora no se pueda ni mencionar la memoria histórica sin levantar la crispación de los más conservadores, la posguerra en su momento sí que se convirtió en una jauría revanchista y criminal, pues, como he dicho antes, los vencedores se cobraron justicia a su modo, convirtiéndose en personajes uniformados que condenaban a muerte a personas inocentes, en juicios sumarísimos y colectivos, bajo la bendición de la Iglesia católica que amparaba las prácticas.



España está suficientemente madura para enfrentarse a su pasado. Del mismo modo que a los alemanes se les explicó qué ocurrió en la II Guerra Mundial, a los españoles nos tienen que contar con pelos y señales de dónde venimos. Y si a algunos, incomprensiblemente, les duele escucharlo, es que lo necesitan más que nadie, tienen un problema, tenemos un problema.