sábado, 23 de mayo de 2009

Boda en Mataró con bandera española


Un concejal del Partido Popular de la localidad catalana de Mataró, Juan Carlos Ferrando, ofició la boda de unos amigos suyos colocándose un brazalete de la bandera de España en el brazo izquierdo, y se armó el follón.

¿Es un delito esto? Indiscutiblemente no.

¿Es un comportamiento inaceptable? Desde mi punto de vista, es algo que debería pasar inadvertido.

¿Es una provocación? Decir eso sería entrar en el terreno de la especulación sobre las intenciones del Concejal, pero desde luego, a mi criterio, no debería tomarse así, ni por el sujeto actor ni por quién observa la acción.

¿Que ocurre entonces?
¿Por qué ese llanto y "crujir de dientes" ante el uso de la bandera española?
Pues sencillamente estos polvos vienen de los lodos provocados por la utilización maniquea y posesiva de la bandera española por la derecha (la ultra y la del supuesto centro) que históricamente se han apropiado de un símbolo que era de todos, lo que llevó incluso a la II República a la necesidad de crear otra bandera para desligarse de ese pasado, y que en la actualidad tiene dos vertientes, la de esa histórica apropiación simbológica y la de la confrontación de una España (que es de todos) con las nacionalidades históricas, cuyos seguidores por contraposición al odio que les profesa el nacionalismo español, se desvinculan de la historia común y rechazan todo lo que suene o recuerde a España.

De igual forma, el rechazo que muchos españoles sienten hacia la Iglesia Católica, y más concretamente hacía su jerarquía, no viene dado por la aceptación o no de la ideología católica, o del mayor o menor respeto hacia sus ideas y símbolos, sino del papel que históricamente ha jugado la Iglesia Católica oficial en la sociedad española, desde tiempos inmemoriales, pero especialmente durante la dictadura de Franco.

Esa asimilación obligatoria de España, lo español, y lo católico, rechazando y criminalizando a todo lo que no "entraba por el aro", es lo que provoca ese rechazo, a veces visceral.

Nos falta aún mucho, como sociedad, para madurar y desterrar fantasmas, y aceptar el uso de símbolos comunes como la bandera, que es de todos, y que no está en oposición a las banderas de las realidades nacionales que conforman el Estado Español, España. Y llegar a entender que la religión es algo que pertenece a la privacidad del individuo y cada uno es libre de creer y de rezar como lo venga en gana, sin imponer sus creencias y sus ritos a nadie más.
Pero para eso, aún falta.

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