jueves, 1 de septiembre de 2011

Canaan, Filistin y el Vaticano


Erase una vez en Canaan, que es como se llamaba la tierra donde vivían los hebreos hasta que los romanos, cabreados con ellos, le pusieran el nombre de sus enemigos, los filisteos, y pasase a llamarse Filistin (Palestina), un presunto hijo de un carpintero que inició una revolución en su religión, la judía, así llamada porque era la del pueblo judío, aunque inicialmente provenía de la tribu de Abraham, un caldeo (hoy diríamos iraquí), que emigró desde su tierra a Canaan, por mandato divino.

Casi 50 años después de los hechos que iniciaron la reforma del judaismo por la escisión que más tarde se llamaría cristiana, un iluminado judío armenio llamado Pablo decidió expandir su versión de la reforma a los no judíos (gentiles) y se dedicó a convencerles de que su versión de los hechos era la correcta.

Pasaron otros 300 años, más o menos, y un emperador de origen serbio llamado Constantino tuvo la genial idea de refundar las tres religiones más populares de su imperio, poniéndose a él mismo como cabeza política y religiosa, y para ello se inventó un Concilio (el de Nicea) e impuso todo lo que de allí surgió como verdad de obligado cumplimiento.

Otros más de 750 años hicieron falta para que un rey de los francos facilitara la creación de los estados pontificios en el Vaticano a cambio de ser legitimado como rey por la gracia de dios (cuantos han usado y usurpado ese concepto)

A partir de ahí la historia de la llamada religión católica es más la historia de la hegemonía política de un estado soberano con representaciones franquiciadas en todas partes, que la de aquella reforma del judaismo que su presunto fundador parecía haber pretendido.

Hoy el imperio vaticano es un holding de intereses políticos y económicos que vive de la imagen romántica que sus cada vez menos fieles aún persisten en mantener, y que cada día esta más alejado tanto de su mensaje original como de las necesidades de aquellos a quienes dice orientar y proteger.

Las comunidades de base no tienen reflejo en un conglomerado de organizaciones integristas y políticamente radicales que defienden los valores de las clases dirigentes, la intransigencia, el fanatismo y la perpetuación de privilegios y corrupciones.

En ese contexto ha venido su jefe de estado a un viaje comercial financiado por los impuestos de los españoles, católicos o no, obligado por la cobardía de un presunto gobierno progresista y por la presión de los integristas católicos que dominan al PP.

Jóvenes y no tan jóvenes pertenecientes a las organizaciones más ultras y radicales, junto a otros que aprovechan la ocasión para hacer turismo papal, han llenado Madrid, y no habría nada que objetar si ello fuera por su cuenta, sin cargarlo a los presupuestos de tod@s los español@s, si se alojaran en los colegios privados religiosos, si utilizaran las infraestructuras de la iglesia y si pagaran por el uso de los recursos públicos lo mismo que cualquier otra organización.

Pero vienen a "disparar con la pólvora del rey", y lo peor es que vienen a imponer su ideas a la sociedad constitucionalmente aconfesional española, a criticar las leyes democráticas, a hacer política y a demostrar un poder que en la realidad ya no tienen. Cada vez pierden más adeptos, más poder, más privilegios, y sólo por la cobardía del Gobierno Zapatero les tenemos por aquí interpretando su teatro de las vanidades.

¿Hasta cuando en este país seguirán imponiendo las sotanas su "santa" voluntad?



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