lunes, 19 de diciembre de 2011

ORGULLOSOS DEL CASTILLA


Corría el minuto 20 de la primera parte, y el Castilla dominaba con claridad ante un Alcalá sin ideas. Un par de “uuuys” ya habían estremecido al Alfredo Di Stéfano, que desde el primer instante del encuentro pudo ya corear un gol de los suyos. Se mascaba en el aire que el primer tanto no tardaría mucho en llegar; incluso se intuía la goleada, en uno de esos días donde el Castilla está entonado y el rival no parece tener mucho que decir.

Minuto 20, como digo. De repente, Jesé Rodríguez, aproximadamente en la mitad del campo –hablo de memoria, porque aún no han salido los resúmenes en vídeo-, hace una falta a un jugador del Alcalá. El árbitro se lleva la mano al bolsillo sin dudar, pero no mirando a la perla grancanaria, sino hacia el defensa portugués Pedro Mendes. El luso, que había recibido una amarilla –inexistente- dos minutos antes, y que había tenido tiempo de dejar un par de detalles de su indudable calidad, contempló perplejo cómo el ladrón de turno le sacaba la doble amarilla por una falta que había cometido su compañero. Algunos jugadores madridistas intentan explicarle el error, pero son implacablemente tarjeteados: Morata, Mejías. Roja y expulsión.

Y el Castilla con 10.

Minuto 53 del partido. El Castilla con 10, jugando sin que se note, ¡cómo se va a notar, si nos hemos quedado con 10 en casi la mitad de los partidos jugados! Álvaro Morata, probablemente uno de los jugadores más limpios y nobles a los que yo haya tenido la suerte de ver, se interna en el área contraria y bracea con tan mala suerte que parece darle a un contrario. Acción inocente y sin trascendencia. Curiosamente, el mismo Álvaro Morata había sufrido, al filo del descanso, un golpe alevoso en todo el rostro que le hizo caer al suelo, sin que el señor bandido que nos arbitraba tuviera la buena voluntad de sancionarlo. Pero, esta vez, el colegiado decidió que sí era motivo de amarilla. Doble amarilla, roja y expulsión.

Y el Castilla con 9.

Minuto 94 del partido. El Castilla, con 9, resiste de forma heroica bailándole a un Alcalá tan pobre que apenas ha hecho sufrir a Tomás Mejías. El gol no llega por el evidente cansancio físico de nuestros jugadores. Toril ha arriesgado sacando a Joselu al campo; el valiente técnico cordobés confiaba en la machada, y nosotros también. Álex y Mandi secan el poco juego del rival, imperiales ambos, incansables ambos, sosteniendo el peso de un equipo que se resiste a morir. El árbitro pita una falta a Joselu, y el gallego protesta. Amarilla a Joselu. Álex también protesta. Amarilla a Álex. Pero no una, sino DOS -sí, por protestar-. Roja, y expulsión.

Y el Castilla con 8.

Hemos recibido la friolera de 70 tarjetas amarillas y 10 tarjetas rojas en 18 partidos.

Caeremos mejor o peor, y es obvio que algunos de nuestros rivales piensan que es injusto que un equipo filial de un club tan grande juegue en su división, mientras que otros nos odian por el escudo que llevamos en el pecho -y habrá también quien nos anime en el mismísimo campo de su equipo por la misma razón-. Es lógico, pues somos el equipo filial del Real Madrid. Pero lo que es incontestable, lo que nadie podrá negar jamás, es que el Castilla es un equipo limpio, que apenas da patadas, que escasamente deja lesionados a su paso, que simplemente intenta jugar al fútbol, hacerlo bonito y ganar. ¿Por qué un equipo así tiene unas cifras de tarjetas más propias de un conjunto de asesinos?

Hoy no puedo hablar ni de la alineación, ni del juego, ni de si Toril ha estado acertado, ni de las actuaciones individuales de los jugadores. Hoy no se puede hablar de eso, sencillamente, porque todos y cada uno de los futbolistas que han sido alineados sobre el campo –aunque no hayan terminado el partido dentro de él- son unos auténticos héroes. Porque debemos admirar, sólo admirar, el valor y el coraje de unos chavales, que no sólo tienen el deber de jugar para ganar, sino que además deben templar sus nervios y procurar aguantar sin protestar demasiado el octavo partido en el que se encuentran en inferioridad numérica. Observando cómo las mismas faltas que a ellos se les sanciona, son deliberadamente ignoradas en el rival. Viendo cómo ni siquiera pueden protestar el juego sucio de los otros, sin ponerse en riesgo de ser expulsados por no hacer nada.

Si el no-penalti que no-cometió Jesús en la primera jornada de liga ya nos pareció surrealista, la segunda tarjeta a Mendes –qué forma de bautizarse en el madridismo; bienvenido a bordo, chaval, ya eres en todos los aspectos uno de los nuestros- es para que el Real Madrid denuncie y el arbitrejo de turno sea mandado a la nevera o a Regional.

El mismo arbitrejo que según Álvaro Morata –de cuyas palabras no tenemos por qué dudar, sencillamente porque Morata no es propenso ni a fingir ni a mentir- le dijo que estaba deseando expulsarle, versión confirmada por el Real Madrid. El malnacido que se ha cargado en 20 minutos las ilusiones que un puñado de jóvenes futbolistas llevaban alimentando durante los entrenamientos de una semana. El incompetente que se ha cargado lo que pudo ser un buen derby y al que sólo le faltó pitar penalti en nuestra contra para rematar la faena.

Pero hay algo que ese soplapitos no pudo hacer. Ni con todas sus tretas, ni con su festival de tarjetas, ni con su sangría de expulsados.

No pudo Domenech evitar que el Castilla diera otra auténtica lección de MADRIDISMO, así con mayúsculas y en negrita, traducido en saber sufrir, en echarle valor, y en aguantar como jabatos generando ocasiones hasta el último segundo. No pudo Domenech evitar que nueve –pues con esa cifra jugamos la mayor parte del tiempo- chavales con las ideas claras y el aliento de una afición enfurecida en el cogote sacaran un punto a base de pundonor y de casta.

Ni pudo borrar el gran encuentro del Real Madrid Castilla, ni la patética imagen que dio un pobrísimo Alcalá –que ni siquiera ayudado, fue capaz de marcar un solo gol-. No consiguió deslucir las perfectas faltas botadas por Ríos, ni la soberbia actuación de Mandi y Álex, ni a un Jesé explosivo que dejaba en ridículo a la defensa alcalaína una y otra vez.

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