lunes, 30 de enero de 2012

Zhou Zeng y su hija


Zhou Zeng, de 31 años, y su hija Joy, de seis meses, fueron asesinados el pasado cuatro de enero en Roma. El hombre llevaba a su bebé en brazos cuando dos jóvenes magrebíes a bordo de una motocicleta se les acercaron para llevarse una bolsa que –después se supo—contenía 16.000 euros. El crimen, además de provocar la indignación y el miedo en una ciudad cada vez más violenta, destapó un secreto muy bien guardado. Desde hacía meses, los pequeños comerciantes chinos venían sufriendo robos por parte de jóvenes delincuentes del norte de África que habían descubierto en ellos a las víctimas perfectas. Dado que en sus negocios manejan dinero contante y sonante, muy pocas veces tarjetas o facturas, raramente denuncian ante la policía el robo de un patrimonio oficialmente inexistente. Sin embargo, el asesinato de la niña Joy y de su padre –abatidos por la misma bala, ante la desesperación de la madre— disparó todas las alarmas.

Los chinos aparcaron su habitual mutismo y salieron a la calle por miles para exigir justicia. Los políticos –desde el presidente Giorgio Napolitano al alcalde de la ciudad—se la prometieron. La policía se puso a investigar, pero pronto, demasiado pronto, ofreció una explicación muy cómoda: los magrebíes –un tal Mohamed Nasiri, de 30 años, y otro más joven del que no se facilitó el nombre— estarían ya lejos, tal vez en África. Delincuentes de poca monta, detenidos en un sinfín de ocasiones por pequeños hurtos, los investigadores le atribuían ahora una hipotética ruta de fuga que ni el terrorista Carlos en sus mejores tiempos. Tal vez confiando en que los chinos tuviesen la débil memoria de peces o políticos, el asunto quedó zanjado…

Hasta el 17 de enero. Ese día, a las afueras de la ciudad, en un antiguo molino de aceite convertido en pista de juegos de guerra, unos jugadores encontraron el cadáver de un hombre. Ahorcado. A tres metros de altura. En el suelo, un cuchillo de cocina y sobres de una sustancia en polvo para matar a las ratas. La policía calculó que el hombre llevaba tres o cuatro días muerto, tomó sus huellas y descubrió en sus bolsillos tres facturas consecutivas –de un cuchillo, de una soga y del matarratas-- expedidas por una ferretería de la calle Melaina la mañana del nueve de enero. Nada más comprobar que el ahorcado era Mohamed Nasiri –uno de los presuntos asesinos de Joy--, los investigadores fueron a la ferretería y le enseñaron la foto al dueño: “Este hombre jamás vino por aquí”. La tesis del suicidio quedó prácticamente descartada. Uno de los policías al verlo colgado de tan alto, comentó entre sus colegas: “A este lo ayudaron a arrepentirse”.

Hace solo unas horas, en una finca a las afueras de Roma, fue encontrado un cuerpo con huellas de haber sido tiroteado y luego quemado, sobre una zanja, con una azada a su vera… Aunque pendiente de confirmación, todos los datos apuntan a que se trata del segundo magrebí. La explicación, extraída con sacacorchos en un comercio cercano a la plaza Vittorio Emanuele, es simple y terrible al mismo tiempo: “Estos llegaron antes que los otros”. La venganza fue más rápida que la justicia.