viernes, 7 de septiembre de 2012

SAMIA: EL SUEÑO QUE MURIÓ AHOGADO EN EL MAR






La somalí Samia Yusuf Omar, que participó con su país en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, ya no corre: murió al intentar completar un desesperado viaje en cayuco, de Libia a Italia, para dejar atrás Somalia, rota por la guerra, sumida en la pobreza y para ella llena de muerte.

El día del desfile inaugural de los Juegos de 2008, Samia, entonces con 17 años, apareció abriéndose al mundo con una sonrisa, rodeada del blanco y el azul de su vestido. Era una doble liberación. La de la mujer y la de la atleta.

Como mujer, esos pasos dejaban atrás las amenazas de muerte, los empujones, las armas empleadas como argumentos para que dejara de practicar deporte y se cubriera su cuerpo de velocista en medio de la guerra civil que desangraba su país.

Como atleta, esos metros del desfile, el mundo entero mirando, representaban la despedida momentánea del conflicto armado, de las carreteras bloqueadas que impedían los entrenamientos, del padre muerto por un proyectil, del pulso diario por conseguir algo que comer vendiendo fruta.

“Los somalíes tradicionales creen que las mujeres que practican deporte o a las que les gusta la música están corruptas”, contaba en 2008 a la BBC, tras protagonizar uno de esos bellos momentos mágicos que distinguen a los Juegos: su llegada entre aplausos a la meta pese a que la ganadora de su serie de los 200 metros lo había hecho en 10 segundos menos (ella hizo 32,16s). “Por eso he sufrido presión de todas partes. Algunas mañanas, me encuentro con calles bloqueadas por el ejército o por la milicia, lo que me impide entrenarme”, decía.

Nadie notó su ausencia en Londres 2012. La joven ha desaparecido tratando de llegar a Italia para continuar con su carrera deportiva. Antes habría pasado a Etiopía buscando los consejos de Eshetu Tura, antiguo medallista olímpico, y un tartán con mayor consistencia que los campos agujereados de cráteres por los proyectiles asesinos de su Mogadiscio. Desde ahí habría pasado a Sudán y luego a Libia, arriesgándose al secuestro y la muerte con tal de alcanzar el sueño de Italia.

“Quiero que me aplaudan por ganar. Lo prefiero a que me aplaudan por que vean que necesito apoyo pese a que me hizo feliz”, dijo Samia tras su experiencia en Pekín.

Había vivido una odisea: de Somalia a Etiopía para seguir por Sudán y Libia.

En Somalía viven 10 millones de personas. Apenas el 30% tiene acceso al agua potable. Si en el mundo una de cada seis personas tiene desnutrición crónica, en Somalia la proporción es mucho mayor. Los salarios son de poco más de 400 euros mensuales. La esperanza de vida es de 50 años.

Bajo estas perspectivas los que aún permanecen en territorio somalí son los más pobres. Los que tienen la oportunidad, parten a Kenia y Etiopía en busca de un destino un poquito mejor.

La realidad diaria es cruda. Se lucha para vivir. Las madres emprenden la marcha con sus hijos. Son muchos los kilómetros que los pequeños deben caminar, las fuerzas fallan. Pero no hay salida. En Somalía es vida o muerte.

El de la somalí es un caso excepcional en el mundo del deporte y una tragedia desgraciadamente habitual en la vida. En la alta competición, el camino suele ser a la inversa.

Antes de llegar a los grandes escenarios, a unos Juegos como los que vieron correr a Samia, llega desde África un niño emigrante. Luego, se forma en su país de destino. Más tarde, nace la estrella.

Ahí está el futbolista Antonio Mavuba, que jugó en el Villarreal y al que su madre dio a luz en un cayuco en medio del mar mientras huía de la guerra civil de Angola.

Ahí está Abdelaziz Merzougui, campeón de Europa júnior con España tras llegar en patera a Lanzarote, donde le acogió el también atleta de origen marroquí Ayad Lamdassem, uno que “prefiriría morir en patera a vivir en África”.

Samia, tan delgada frente a sus rivales olímpicas, sorprendidas por su falta de músculo, perseguía la leyenda de Mo Farah, somalí de nacimiento y coronado como británico en los 5.000 y los 10.000 metros de Londres 2012.

Así, dejó la pista, entró en el agua con Lampedusa como destino y... … Y le salió cruz.

La mujer que pudo correr en el estadio olímpico de Pekin no logró sobrevivir al trayecto. Su sueño de poder practicar deporte, de volver a sentir el espíritu olímpico, de ser libre, de gozar de algún derecho humano terminó en algún punto ignoto del Mar Mediterráneo.

Murió persiguiendo lo que los opulentos europeos damos por superfluo, por sobrentendido.

Su futuro, como el de millones de seres humanos se decidió en una partida en la que Samia sólo podía perder.

JOSE PEDRO MONFERRER